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Migrantes

1 agosto, 2018 | 0 Comments

A veces trata de impedirlo una red de alambre; a veces, una pared de lámina oxidada; a veces, una bala; y a veces, el mar. A veces un decreto lo prohíbe y a veces la policía lo castiga, pero el mundo ha migrado y lo seguirá haciendo, pese a Trump y sus sueños de encapsularse, porque la historia se ha construido de viajes y porque la naturaleza nos dio piernas y no raíces.
Migrantes fueron los padres de Jesucristo, Mahoma migró en las caravanas entre Damasco y La Meca, Confucio era un maestro migrante, el Ulises griego pasó viajando buena parte de su vida. La historia y la ficción hablan de personajes andantes, unos persiguiendo molinos y otros perseguidos por ejércitos contrarios. Este mundo se mueve porque quiere o porque lo invitan, porque lo obligan o porque el hambre arrecia. Caminar ha sido el destino para muchos, y para muchos, también, una ruta sin retorno.
Y los nombres siguen. La lista puede ser tan larga como la más larga de las rutas: migraron Joan Manuel Serrat y Rigoberta Menchú; migraron Gabriel García Márquez y Jean Marie Le Clezio; Libertad Lamarque y Salma Hayek; José Martí y Mahatma Gandhi; el padre de Obama y el padre de Frida Kahlo; Cristiano Ronaldo, Messi y hasta el “Chicharito”; Van Gogh se fue de Holanda a Francia, y Einstein, de Alemania a Estados Unidos. Aunque también se mueven la escoria y los vicios, los criminales y los inútiles; habrá que aceptarlo porque nada es perfecto, nada es cristalino.
Pero asómate y verás siglos de mujeres y hombres en marcha, cruzando el Estrecho de Bering o el Mediterráneo, el Desierto del Sahara o los Andes, el Río Usumacinta o la barda que pretende continuar el Río Bravo hasta Tijuana. En México habitan 1.4 millones de afrodescendientes, mexicanos en cuyo pasado se asoma el África esclava que nos heredó la conquista. Las migraciones se han llevado y nos han traído a deportistas y a científicos, a músicos y a poetas, a individuos cargando familias y a gente buscando familia, a mis padres y a los antepasados de varios que están leyendo esto, a mí en varias ocasiones, ya sea por ganas de aprender o por interés en apreciar otras perspectivas.
Y no solo migran los pobres. Basta con asomarnos a los suburbios de San Diego y Houston, de Miami y Marsella, para ver que el proceso afecta a todos, a todos atrae y en ocasiones obliga, un flujo natural, no siempre parejo, a veces inhumano, a veces injusto, que carga lo mismo con dramas que con esperanzas, pero que es evidente y tan real como los caminos.
El mundo necesita reconocer a los y las migrantes, para hacer visible que nada se logra bardeando el planeta en ambos lados de una ruta, la que sea.
La movilidad es una característica humana que es, efectivamente, cada vez más problemática. La ONU, con un proyecto de 34 puntos firmado por las naciones pero no respetado por ellas, busca enfrentar las migraciones de manera humana, porque afectan al país que expulsa, al que recibe y al que sirve de tránsito, pero sobre todo, a los hijos que se quedan sin padres y a los padres que se quedan sin hijos, a las comunidades que han sido destrozadas por el hambre, por las carencias, por la falta de oportunidades, por la guerra, por el clima modificado, porque somos violentos o porque somos intolerantes, por esto y más.
Criminalizar un hecho no lo resuelve; matar a algunos, tampoco; generar odios étnicos o raciales para que sirvan de contención no lo hace menos, porque la movilidad no se detiene, se atiende, es un asunto complejo que requiere menos disparos y más inteligencia, menos violencia y más solidaridad, menos discursos y más colaboración internacional que permita a quien hoy se mueve optar por migrar o no, mientras cuenta con las mismas oportunidades, derechos humanos y pan, en ambos puntos de su mapa. Eso hará consciente y libre su proceso. Y es eso, a fin de cuentas, lo que nos convierte en civilización.

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