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TENGO FRÍO

18 octubre, 2019 | 0 Comments

Dentro de la espera, cabe la impaciencia. Tratándose de viajes desde Tapachula, la llegada es muy irregular. La entrada de aquellos extenuantes recorridos —que sortean más de diez retenes— es inconstante, siendo un fastidio para todo viajero detener el rumbo para revisar los papeles de migrantes, quienes corren el riesgo de desaparecer en el camino.

Ocupé toda la mañana en esperar a dos personas. Desde las gradas ansiaba conocer a la gente para la que trabajo, gente que abandonó su casa por los estragos de una guerra que alimenta de muertos las rutas peligrosas, cruzando países en busca de una inexistente calma. Regurgitada por el Suchiate, anda por los caminos del norte llenos de tantas penurias como las pasadas hasta el Soconusco. Todos los que llegan saben que México no es un país mejor del que provienen. El motivo de entrar a este infierno que no conocen, no es otro más que salir de uno más oscuro.

Entre mis cavilaciones llegó el autobús. Al aproximarme, un niño que apenas bajaba fijó su mirada en la mía, sabiendo que era a él a quien esperaba. Durante un rato clavó sus pupilas sobre mí, aquellas que brillan con los años cortos y que reflejan una inocente indiscreción. Me acerqué sin hablarle mientras buscaba a su madre. De entre el tumulto desesperado por salir de la estación, surgió un rostro desconfiado al que sonreí con cortesía.

—Buenas tardes. Soy quien los llevará al albergue —dije, presentando mis credenciales.

—Buenas tardes, joven —replicó la madre, y me propuse a hablarle al chico.

—Y tú, ¿cómo te llamas?

—Uriel —sonrió—. Tengo frío.

Su sinceridad me movió a ponerle mi abrigo en la espalda. En ese momento sentí un instinto paternal que pronto se fundió con un auténtico instinto humano, aquel que conmueve desde las entrañas. Partimos de la estación y, antes de salir, me detuve ante el enorme mapa de la ciudad. Con orgullo, les presenté mi casa.

—Esta es la Ciudad de México —sonreí—. Nosotros nos encontramos aquí —señalé confiado—. Lo que haremos ahora será abordar el metro, una especie de tren subterráneo, hasta llegar al poniente.

Con dedo firme, marqué el camino casi recto por el cual viajaríamos. Con fascinación ante aquel tablero de la metrópoli, Uriel apreció las magnitudes. Vi sus ojos recorrer cada tramo, cada calle, y supe que se imaginaba todas las esquinas y circuitos que abundan en la ciudad. Acercándose al mapa, localizó su asombro en aquella mole y supe que él estaba preparado para también llamarla casa.

— ¡Siempre he querido viajar en tren!

Conforme caminábamos hacia el metro, descubrí mis manos ocupadas con un modesto equipaje. Una maleta y una bolsa eran lo único con lo que recorrieron el país, además de la realidad de haber abandonado no solo pertenencias sino sufrimientos. Pero también sabían que no todo lo que vendría sería bueno. En el trayecto, la madre me narraba la desesperación extranjera.

—A la mitad del viaje, nos detuvieron en el retén. Me bajaron del camión y me quitaron mis documentos. El agente quería subirme a un carro y yo me opuse. Le dije que me diera mis papeles, que no iría a ningún lado. No me los quería dar. Me dijo que yo no tenía los papeles necesarios, que tenía que irme con ellos. La abogada me dijo que por ningún motivo podían detenerme, que por nada dejara que me bajaran. Tuve miedo, lo único que pude hacer fue pedirle mis papeles.

Mientras andábamos, Uriel se adelantaba a nosotros y observaba todo con curiosidad. Fue cuando me di cuenta de que aquel niño también estaba ahí cuando los detuvieron. ¿Qué inconfesables miedos habría sentido ante la impotencia de su madre? ¿Qué amargo trago de saliva daría al ver a los adultos, siempre altos, intimidándolo? Llegando al metro, tomé con una mano al niño, y con la otra, la única maleta que cargaban. Llevaba toda la vida de dos personas en mis manos. No podía soltarlos.

Del subsuelo no solo salen las almas en pena del purgatorio y del infierno. También salen mexicanos que utilizan por millares el metro. Ante aquella entrada que tendría que decir «abandonad toda esperanza, vosotros que entráis aquí», me armé de valor para ser el guía de madre e hijo e internarlos en el asfixiante subsuelo de ánimas que pululan en vagones. Supe, al menos, que Uriel ya no tendría frío. Con paso lento bajamos escalón por escalón hasta llegar a la orilla de la estación. Me imaginé el acantilado donde Dante Alighieri vio los nueve círculos. La bestia no era más que un extraño tren anaranjado, que al llegar emitió un rugido cuyo horror se reflejó en la reacción de la madre. Ella jamás se imaginó tales demonios cargados de gente recorriendo las profundidades —pese haberlos visto recorrer la superficie, llevando en su lomo a migrantes—. Uriel no dejó de mostrar su asombro, uno que se parecía al mío cuando leí, a su edad, el Infierno de la Divina Comedia.

Cuando las puertas se abrieron de par en par, los invité a subir al vagón y a agarrarse fuerte. De camino vi la novedad en sus caras, donde se mezclaban gusto y espanto. En el recorrido por las venas de la ciudad, nos sentamos a ver el espectáculo de luces y sombras, mientras explicaba los símbolos de las estaciones.

—Cada estación tiene un nombre y un dibujo. Sirven para saber dónde estamos. Iremos a la estación del jarro, ese recipiente con tres líneas.

—¡Está allá! —gritó el niño—. Tenemos que cruzar el pato, las dos pirámides, luego el barquito, el chorro de agua, el cañón y el águila.

—El águila parece gallina —dijo la madre, tratando de salir del estupor.

—¿Y la que sigue?

—Es una campana, hijo.

—Y después iremos al puente, pero antes de la mariposa hay un bicho extraño.

—Se llama chapulín —dijimos la madre y yo al unísono.

—Chapulín —rio el niño—, qué nombre tan chistoso.

Yo mismo me sorprendí de la rapidez del viaje. Nunca me había dado cuenta de que atravesábamos toda la ciudad. En cuestión de minutos, la capital llegaba a su poniente y nos preparamos para bajar, andando a paso lento por los profundos túneles. Me di cuenta de que estaba rodeado de un mundo increíble, aquel que me es cotidiano, y llevándolo de la mano, le indicaba al niño cada cosa que imaginaba él nunca había visto. Uriel no me soltaba, pero ya no me sujetaba con fuerza. Su mente quería volar por el subsuelo.

Al final de la estación, las escaleras eléctricas detuvieron a la madre. Mientras Uriel subió emocionado, nos miró dos metros arriba.

—A mi mamá le dan miedo estas escaleras —se ufanó mientras subía.

De la luz artificial, pasamos al brillante cenit coronado por el sol, recién curveando la tarde. Uriel ofrendó una sonrisa al cielo, por darle luz y calor que le adormecían el alma.

—En el camión hacía mucho frío —me dijo, casi en secreto—, había un aire acondicionado que no me dejaba dormir bien.

Siguiéndome, la madre me contaba otra tragedia.

—Hubo un accidente con un señor —confesó—. A la mitad del viaje tuvimos que cambiarnos.

—Debió sentirse muy mal.

—Se murió —dijo en susurro y con mirada de quien teme—, se quedó a la mitad del camino. Llegando a la siguiente parada, nos bajaron a todos.

Enmudecí ante el mal signo. Llegando a la avenida, tomé al niño de la mano y cruzamos juntos la calle. No podía imaginarme que ese mozo sonriente hubiera cruzado medio país, enfrentado a la migra, y dormitando con la muerte al lado. Llegando a la oficina, les indiqué la mesa de comida y después de dejar su maleta, solicité sus documentos a la madre.

—Pero con una condición —sonrió tímida—. Que me los regrese.

¿Cuál es el camino que todos seguimos en vida? Cada quién tendrá su respuesta, quizá cada quién su camino. Pero ¿cuál es el camino que recorre un niño? Yo conozco a uno que salió de Honduras. Atravesó Guatemala y por barca entró a México con la esperanza de abandonar todo detrás. Llegó a una ciudad donde lo odiaban solo por venir de allá. Tuvo que recorrer medio país cuyo camino conoció desde la ventana. Entre sueños, volaba sobre los campos buscando un lugar donde pudiese descansar, donde no lo detuvieran.

Más allá de preguntarse su camino en la vida, aquel niño encarnado con menos de una década se preguntaba por qué su camino había sido en el sufrimiento, y entre la xenofobia supo que, al final, todos serán exhumados en el mismo polvo que forma montañas, eternamente ligado a la tierra, pero proyectado al cielo. Nadie creería que las elevaciones de la sierra nacen y se extinguen por los senderos donde los migrantes andan, huyen y mueren, para, al final de los tiempos, ser el polvo que descansará sobre la punta más alta que verá el horizonte, coronada de nieve y que con gratitud dirá —siempre después de su nombre— «tengo frío».

Cada año, miles de personas que provienen de América Central migran a México a causa de fundados temores de persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social u opiniones políticas, y no pueden recibir protección en sus países. Ellos son refugiados y es un deber humanitario acogerlos.

Foto: UNICEF / Ashley Gilbertson. https://news.un.org/es/story/2017/05/1379081

 

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