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Líbano: Las diferentes olas que sufren los refugiados

18 enero, 2021 | 0 Comments

La situación es crítica y necesito contar algo. Necesito que se me escuche.

Primero vino ella. Les dejó sin nada, arrasó con todo lo que había: casas, colegios, hospitales, vidas y futuros. Todo. Y lo peor: a los que sobrevivieron les condenó a huir, les condenó a vivir en la miseria, les condenó a forzar a sus hijos a trabajar para poder comer, a quedarse sin futuro y abandonar sus sueños de vivir una vida digna. ¿Quieres ser maestra? Olvídalo. Vives en una casa de plástico y rodeada de basura, apenas tienes zapatos y tu padre no come para que tú lo hagas. ¿Quieres ser bombero? Imposible. Trabajas desde los seis años, lees de milagro y no vas al colegio desde los ocho; además, se te infectó una herida en el pie y, como no pudiste prevenirlo, ahora cojeas; ni siquiera hay pañales para tu hermano pequeño y tienen que usar telas para ello.

Después vinieron ellas. La situación ya era mala, pero la gente se echó a la calle a protestar por sus derechos. Muchos de los nacionales culparon a quienes huían de su país. ¿Su delito? Querer sobrevivir, querer huir, querer vivir. Esto trajo consigo tiroteos, muertos y caos; también menos dinero para comer. Ahora, la madre tampoco come para que lo hagan sus hijas.

Más tarde llegó él. Actúa silenciosamente, pero ocupa hospitales. También se ceba con los más pobres cuyas condiciones de vida propician la transmisión. Sí, esas personas que huyeron, a quienes se culpó y que viven hacinadas en sus «casas», muchas, sin calzado, viviendo rodeadas de basura, sin poder permitirse geles, mascarillas, guantes o mantener la distancia porque, por tener, no tienen ni para comer; pero tampoco tienen información, ayuda o educación en materia sanitaria. Por tener, no tienen nada.

Por último, hace unos meses, llegó ella. Arrasó. Dejó sin palabras, también sin vida, a mucha gente, demasiada: 190. A más, dejó sin casa: 300.000. Toda la población de Vigo, Valladolid o el doble de Logroño o Badajoz. Impensable. Las personas refugiadas han sufrido la guerra, las protestas en Líbano, el COVID-19 en campos y asentamientos en condiciones nefastas y, por último, la explosión de Beirut que arrasó todo. No, no lo merecen, nadie merece una vida así y mucho menos que no se le ayude.

Estando allí he visto las condiciones en las que viven, pero, sobre todo, las lágrimas de impotencia, las miradas de desesperación, la tristeza y el no puedo más. Nosotros hemos decidido crear un pequeño proyecto: The Health Impact (www.thehealthimpact.org2). Con él queremos estar ahí para que las niñas y las mujeres que tienen la regla no tengan que utilizar un calcetín en vez de una compresa por falta de dinero. Queremos estar para dar pañales a los bebés que hay en los cientos de asentamientos y que no tienen materiales básicos y necesarios. Queremos estar para enseñar a prevenir enfermedades fácilmente evitables para que no desemboquen en una tragedia, dedicar tiempo a las personas con enfermedades crónicas que apenas tienen recursos: diabéticos, personas con hipertensión o alguna discapacidad. Nadie debe quedarse atrás, y menos, si una enfermedad provocada por las condiciones en las que vives puede ser evitable. Ser pobre afecta a la salud, mucho. Los cientos de miles de niños que viven así no deberían renunciar a su futuro. No por algo evitable.

Ahora que estamos trabajando en una recogida de material higiénico y sanitario para enviar a los asentamientos y campos del país. Recoger los materiales es sencillo, el envío es caro. Y eso, sumado a la puesta en marcha del proyecto sin apenas ayudas nos es muy complicado.

Hay unos 180.000 niños sirios obligados a trabajar en el país. En las familias refugiadas, el 75 % se salta alguna comida por falta de dinero. Ya no sé ni qué escribir para enseñar y mostrar la gravedad de la situación, la vulneración de los derechos humanos, la falta de esperanza. El hambre, sumado a la falta de educación en materia sanitaria, hace que el día a día sea una odisea. Falta de todo y nosotros queremos cubrir el área de la prevención para hacer los días un poco más llevaderos y que las familias refugiadas no tengan que elegir entre ir al hospital o comer, para lo cual necesitamos gente que crea en el proyecto tanto como nosotros.

Nos podría pasar a cualquiera. La única diferencia entre ellos y nosotros es el lugar en el que hemos nacido.

 

Notas:

1 El autor es cofundador y coordinador de equipo de The Health Impact, organización sin ánimo de lucro con base en España.

2 Para poner este pequeño pero ambicioso proyecto en marcha necesitamos apoyo. Cualquier aportación cuenta. Podéis hacerlo desde www.thehealthimpact.org/donate y ver los diferentes proyectos en los que trabajamos, así como ponernos cara a las personas que estamos dando forma a todo esto. Muchas gracias, de verdad.

Cuenta Twitter: @thehealthimpact

Imagen: Jan Willem Van Der Ham

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